Mi Rey

Me encontraba en el sur, viendo los estragos de una guerra interminable. Campos calcinados, hogares destruidos. Pura miseria. Fue bajo ese panorama cuando me enteré y comencé mi largo viaje de regreso. Dejé atrás ese desolado territorio con mis pensamientos volando de un lado a otro, sin ser capaz de enfocar durante mucho rato ningún recuerdo en concreto. Mi mente vagaba en el pasado, luchas, sudor, lagrimas, risas y cerveza. Oh si, montones de cerveza. Vagué largas jornadas prácticamente sin detenerme, meditando todo lo que había visto, todo lo que había pasado y sobre todo recordando. Me enseñaste mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir y sobre todo me diste un punto de vista que jamás habría pensado poder adquirir.

Aún recuerdo las largas veladas en las que Padre nos contaba como habías llegado a nuestro hogar.

«El cielo gritaba, el suelo retumbaba. La lluvia golpeaba las capas con agresividad mientras la comitiva real volvía a casa. Tras dos largos años habían estado en el frente de batalla, lanzando ataques contra los Altos Orcos que amenazaban el territorio. Cruentas batallas se desarrollaban sin parar y ningún bando parecía flaquear. Al final los orcos se retiraron logrando así la victoria que el reino añoraba, el comienzo de la paz. Esa noche regresarían a la montaña, regresarían al hogar.

Bajo el ensordecedor diluvio los enanos avanzaban implacables, imperturbables y, en cierto sentido, ansiosos. Pero algo los hizo pararse, algo que estaban demasiado acostumbrados a oír. El aullar de los Altos Orcos.

Se prepararon para la batalla, enarbolaron las armas y prepararon las ballestas. Pero ningún orco salió de la maleza. De hecho, más bien parecía que ya estaban luchando contra algo.

En silencio, y bajo el amparo de la lluvia, todos comenzaron a avanzar lentamente hacia el sonido de la batalla y lo que allí encontraron fue demoledor. Una caravana humana estaba siendo aniquilada por un grupo perdido de los Altos Orcos, pocos eran los soldados que quedaban en pie y pocas eran las esperanzas de los que tumbados se hallaban. A una sola voz, tan profunda y atronadora como el mayor de los truenos todos los enanos a una salieron para diezmar a los aturdidos orcos que no esperaban aquellos refuerzos. Y, en un abrir y cerrar de ojos, no quedaba ningún orco vivo. Pero ya era demasiado tarde.

El rey se acercó al único humano que aún vivía, o más bien sobrevivía. La lluvia golpeaba su rostro encogido por la angustia, parecía como si un torrente de lagrimas se derramara por sus mejillas, sin control. Poco se podía hacer por él, los orcos habían abierto su vientre y sus entrañas se esparcían a su alrededor. Pero aún así el hombre se aferraba a la vida, aún así el hombre balbuceaba algo incansablemente. Y fue en el momento en el que el monarca acercó la cabeza para escuchar sus palabras cuando sus ojos perdieron su brillo. «Mi hijo… por favor…. mi hijo…»

El trueno retumbó y un llanto se alzó por encima del estruendo de la tormenta. Un pequeño retoño, debajo del cadáver de una mujer con cinco flechas a su espalda, lloraba. Lo alzó en alto, la mujer lo había mantenido ileso de la masacre. Lo miró y le recordó a un pasado no tan distante. Lo envolvió con su capa y mandó dar sepultura a todos los humanos y cavar una zanja para los orcos, nada podía arder bajo esa lluvia, pero podía servir de alimento para el bosque.

Y al poco, la montaña se abrió delante de ellos. Bajo la mirada atónita de todos en la fortaleza, incluido yo, decidió acoger al pequeño humano y cuidarlo como a un hijo más.»

Muchos fueron los que al principio despreciaban tu presencia. Los que negaban tu legitimidad. Pero ningún pensamiento de aquel entonces queda hoy en día, pues poco a poco y con perseverancia pudiste cambiar los corazones más duros y cascarrabias.

Aún recuerdo las veladas en las que le pedías a padre, aún siendo un crio de no más de cinco años, para acompañarme a la taberna tras mi jornada en la mina. Te encantaba escuchar los relatos de los mayores junto al fuego y el ruido festivo del local. Muchos de los aquí presentes aún recuerdan como te enfadabas cuando la cerveza subía a la cabeza de algunos enanos y las reyertas empezaban. Te subías a una mesa y con la voz más aguda que cualquier enano haya oído alzabas la voz por encima de todos las voces y gritos cavernosos diciendo «¡Silencio! ¡El mayor está hablando! ¡¿No sabéis lo que es el respeto?!» Y bajo la mirada avergonzada de muchos enanos el silencio volvía a reinar, y el mayor gozaba de un publico mayor y más atento del que estaba acostumbrado en toda la velada.

El tiempo pasaba y crecías más rápido que cualquier enano dentro de la fortaleza, a tus ojos el tiempo no parecía pasar para el resto de nosotros. Gozaste de todos los privilegios y responsabilidades que gozaba cualquier enano, padre siempre te trató como a un igual, pese a que nunca te ocultó nada de tus orígenes.

Fue durante tu servicio en la mina que todo cambió. Desde muy pequeño habías abrazado nuestras costumbres ancestrales. Las llevabas con orgullo, respeto y admiración. Eras más enano que muchos barbilampiños que conozco. Pero un aciago día, todo parecía estar a punto de acabarse.

La mina en la que cumplías servicio se vino abajo. Fue una tragedia. Muchos fueron los que perecieron, pero tu lograste sobrevivir. Tu pierna izquierda quedó atrapada bajo los escombros y un duro golpe en tu cabeza bañaba tu rostro en sangre. Las previsiones sobre tu salud no eran buenas..

Nunca había visto a Padre y Madre tan preocupados. Fueron meses largos y duros, pero haciendo gala de una terquedad legendaria lograste sobreponerte a tus heridas. Y poco a poco todo volvió a la normalidad, el calor del hogar se recuperó.

Pero algo había cambiado en ti. Fue después de eso que te lo oí decir por primera vez: «Yo no tengo tanto tiempo». Lo murmurabas de vez en cuando como si no quisieras decírselo a nadie, como si te lo dijeras a ti mismo. Y, pese que el espíritu enano perduraba en ti, algo nuevo estaba surgiendo, algo que desconocía y que de cierta forma, me asustaba.

Aún recuerdo el día en que te plantaste en frente de Padre y dijiste «Padre, hoy vengo a pedir el derecho a organizar y gestionar un clan. Pero no voy a exigir nada, solo aceptaré aquellos que quieran luchar a mi lado con total desinterés. Y si nadie decide apoyarme, lucharé en solitario el tiempo que haga falta para demostrar mi valía.» Nadie habría dado ni una pizca de oro por aquel joven humano que se enfrentó a padre. Y escasos fueron los que se sumaron a tu causa. Jóvenes incautos que gozaron de tu compañía en el poco espacio de tiempo que ocupaste en la mina.

Nadie dentro de la fortaleza estaba dispuesto a admitirte como jefe de clan y tu sabías muy bien eso. Por eso decidiste tomar un camino tortuoso, distante y solitario. Jamás pediste aquello que nadie estuvo dispuesto a ofrecer.

Fueron muchas las batallas que combatimos juntos, y más las que combatiste en solitario por nosotros. Creaste una deuda que muchas generaciones no podrán pagar.

Pero lo increíble fue lo que llegasteis a hacer siendo tan pocos. Bajo tu liderazgo comenzasteis a limpiar una ladera Norte, infestada de Orcos Salvajes. Primos lejanos de los Altos Orcos, más pequeños y más primitivos. Sirviéndoos de tretas que ellos desconocían, ingenios que ellos no sospechaban, poco a poco hicisteis de lo imposible lo posible y despejasteis la ladera y el valle siendo no más que un puñado de barbilampiños de los que nadie esperaba que regresarais con vida.

Muchos se unieron a tu causa después de eso y con esfuerzo y sudor alzasteis La Ciudadela. Te erigiste con todo el derecho para regentarla, pues eso es lo que habías pedido y eso es lo que obtuviste al luchar por ella. Era tu orgullo, aquello por lo que habías luchado.

Ambas fortalezas, una en el corazón de la montaña y otra en el resplandeciente valle. Ambas fueron creciendo durante años. Pero poco a poco volviste a enzarzarte en una batalla que los más ancianos detestaban. Empezaste a darle la vuelta y a querer innovar en métodos y conocimientos ancestrales. Dentro de la montaña todo estaba patas arriba, muchos del consejo gritaban a padre, sermoneaban de que tal progreso no era necesario y que si las cosas funcionaban no debían cambiarse. Pero una vez mas conseguiste lo imposible.

La hambruna asoló toda la región. Incluso dentro de la montaña empezaba a notarse la pesadez del hambre. Conscientes de que no podrían sobrevivir al invierno, muchos empezaron mirar al exterior. Pero antes de poder siquiera empezar a formarse una idea, apareciste en los grandes portones del norte, presidiendo centenares de carros llenos a rebosar de tubérculos y verduras extrañas que no habíamos visto nunca. Llenando así los estómagos y la esperanza en los corazones abatidos.

En ese momento incluso los más ancianos tuvieron que cambiar la perspectiva con la que te miraban. Habías comenzado un cambio que ninguno esperaba.

Siempre te observé en la distancia. Te acompañé durante muchas aventuras y combates. Siempre me sorprendía la resolución con la que podías enfrentarte a cualquier adversidad. Pero en el fondo sabía que no era nada mas que tu afán por demostrar que podías pertenecer al clan, que podías pertenecer a la familia.

Era una sombra que te perseguía desde pequeño, yo lo sabía. Pero creo que nadie, ni Padre, ni Madre, ni yo dudamos de ti ni un segundo. Pero aún así no solo querías demostrárnoslo a nosotros. Querías demostrarlo a la montaña entera. Y bien que lo lograste.

No fue nada menos que durante la segunda invasión de los Altos Orcos. No habían huido como el consejo pensaba, si no que habían escapado y se habían reagrupado a lo largo de los años. La Ciudadela estaba amenazada, un ejercito veinte veces superior del que disponías se acercaba y no dudaste ni un momento en abandonar la ciudad. «Las casas y las murallas pueden reconstruirse, pero el hogar está dentro de nuestro corazón. Mientras tengamos vida en nuestro interior podremos reconstruir nuestro hogar.» Una idea demasiado humana, pero los jóvenes que habían decidido seguirte adoptaban demasiado rápido esa corriente de pensamiento. Sabían que podías lograr un milagro si te seguían y así fue.

Ese día estaba contigo. La Ciudadela había desalojado hasta el ultimo habitante. Pero antes de marchar habíais preparado títeres para hacer creer a los orcos que aún quedaba resistencia en ella. Gracias a la poca inteligencia que hacían gala el plan funcionó y se lanzaron como polillas a la luz de la antorcha hacia la ciudad. Sus ojos inyectados en sangre solo clamaban guerra y carnicería. Pero tras el envite inicial se encontraron dentro de unas paredes vacías y, antes de que pudiesen reaccionar, la montaña se les vino encima.

Estábamos en la colina este. Agazapados. Viendo como el saqueo y el pillaje seguía el curso natural. Muchos de los presentes empezaban a inquietarse. Sus puños empezaban a tornarse blancos y las mandíbulas estaban tan apretadas que podrían haberse usado para partir nueces. Pero tu estabas tranquilo. Diste la orden de retirada ante los ojos incrédulos de la multitud. A regañadientes y farfullando todos hicieron caso al Líder del Clan. Solo permaneciste tu y un grupo cercano de ingenieros y mineros.

Me quedé a tu lado. Sabía muy bien que el enemigo que tenías en frente no solo se trataba de uno que había hostigado a la fortaleza durante décadas, si no que se trataba de la raza que había masacrado a tu familia veintisiete años atrás. Quedé asombrado con la frialdad que diste la orden de que se prendiese. Y, al cabo de unos instantes, la montaña entera luchaba a nuestro favor. La ladera rugía, las rocas rodaban y el suelo temblaba. La avalancha fue tal que sepultó todo el valle. La Ciudadela y el ejercito de Altos Orco quedaron atrapados bajo una montaña de rocas. Me exalté, te grité y maldecí. ¿Cómo podías derrumbar con tanta facilidad algo que significaba tanto para el pueblo? ¿Cómo podías derrumbar algo que significaba tanto para ti? Pero no me dijiste nada. Solo me miraste. Tus ojos se clavaron en los míos y pude ver algo que nunca volvería a ver. Un dolor tan profundo.. Una ira y una rabia que lo único que pude hacer fue enmudecer.

No fue al cabo de un par de semanas que me explicaste que habías realizado excavaciones y perforaciones para introducir pólvora en la misma ladera de la montaña previendo una invasión a tal escala. Pero con la inocente ilusión de no utilizarla jamás.

Ese día no solo acabaste con un ejercito de orcos lo suficientemente grande como para asediar la fortaleza en la montaña, si no que conseguiste acabar con ellos sin sufrir ninguna baja.

Estabas preparado para lo que estaba a punto de venir. Para un enano su hogar es su orgullo. Y verlo sepultado, no haberlo podido defender, era algo para lo que no estaban preparados para digerir. Pero te plantaste encima de la plaza de discursos y fuiste muy directo y escueto: «Odiadme. Maldecidme. Despreciadme o repudiadme. Pero mirad a quien tenéis al lado. Mirad a quien tenéis detrás.»

Tras tantos siglos de guerra, de perdidas, de dolor, los golpeaste con más fuerza que la propia montaña que acababa de derrumbarse.

Avanzaste en silencio hacia la mina. Cogiste una carretilla y te encaminaste hacia la sepultada Ciudadela. Los días pasaban y tu no te apartabas de La Ciudadela, moviendo piedras de un lado a otro. Solo.

No fue hasta al cabo de un mes que un grupo de barbilampiños se acercó, en silencio, y con varias carretillas comenzaron a ayudarte. Y poco a poco, toda la fortaleza se volcó en la reconstrucción de La Ciudadela, todos querían devolverle el esplendor, todos querían que volviese a brillar.

Desde ese momento todos y cada uno de los enanos empezaron a mirarte con reverencia. A entender que podías traer una era de prosperidad y gloria con la que nadie había soñado.

Y así fue.

El reino creció, prosperó. El comercio se abrió paso a través de La Ciudadela y algo que no se había visto en siglos llenó los corazones de los mas ancianos. Por primera vez el clan afrontaba una época de prosperidad en la que la fortaleza rebosaba de vida. Los jóvenes superaban en numero a los ancianos. Las arcas se llenaban y las guerras eran libradas con el menor numero de bajas anotado en los anales de la historia.

Todo parecía seguir un ritmo prospero y benigno hasta que Padre falleció. El reino cayó de golpe en un estado de luto. Nadie esperaba esta mala noticia, ni mucho menos nosotros. La corona cayó sobre mis hombros sin esperarlo, y el pueblo esperaba que me convirtiese en un monarca igual o mejor que Padre. Pero yo no estaba preparado.

Nunca se puede estar preparado. Me insistías en que era capaz de mucho mas de lo que pensaba. Me insistías en que confiase en mi mismo como Padre confiaba en ambos, pero no me veía capaz, no después de ver lo que habías logrado en tan poco tiempo.

Muchas fueron las discusiones que tuvimos respecto a esto. Muchas fueron las noches en vela en las que tus palabras resonaban a través de la oscuridad. Pero aún así me sentía indefenso ante la tarea que se me encomendaba.

Mi orgullo batallaba contra mi racionalidad. ¿Qué era lo que podía hacer? ¿Qué era lo que podía aportar? Una espiral oscura se cernió sobre mi, cada vez más pesada. Cada vez más opresiva. Algo que repetías constantemente desde el incidente de la mina empezó a martillear en mi mente. «Yo no tengo tanto tiempo.»

Decidí tragarme mi orgullo y bajé a La Ciudadela. Incluso después de todas las peleas, de todo lo que había dicho me recibiste con los brazos abiertos. Hablamos. Mucho. La noche dio paso al amanecer, y desde el balcón vimos el sol asomarse tras el escarpado valle. Entonces me dijiste «Márchate». Atónito te miré. No sabía que decir, no sabía que pensar. Entonces continuaste. «Márchate. El mundo es basto, el conocimiento que en él habita es inconmensurable. Estás perdido, no sabes que hacer. Márchate y busca lo que necesitas. Y después, regresa.»

Me marché de tu hogar sin decirte ni una palabra, no sabía que decir, no sabía que pensar. Medité mucho lo que me dijiste y junto a varios de mis mejores amigos y compañeros dejé la fortaleza en los días siguientes. El consejo de ancianos estaba conmocionado, que el monarca dejase la fortaleza con tal escueto sequito era algo sin precedentes, un suicidio para la familia real. Y todo recayó de nuevo sobre ti.

Te mantuviste firme regentando La Ciudadela y formaste parte del consejo como principal asesor. Todos escuchaban tus opiniones y consejos. Mantuviste el reino floreciente durante muchos años. Conseguiste devolver la gloria a un reino en decadencia.

Pese a no haber abandonado nunca el territorio bajo el amparo de la fortaleza, parecías saber mucho más del mundo que todos nosotros juntos.

Hoy, todos los presentes te honramos. No hay ni un solo enano que desconozca tu nombre. No hay ni un solo enano que no daría la vida por tu honor. Hoy, toda la fortaleza está reunida y en todas las miradas veo orgullo y reverencia. Hoy, hablo en nombre de todos los enanos cuando digo que me siento orgulloso y feliz de haber podido formar parte de tu vida. Hoy, las puertas de nuestro panteón se abren para que el primer y único humano las cruce y sea reverenciado por nuestros ancestros, como el primer humano que fue un verdadero enano.

Nos veremos pronto. Mi amigo. Mi hermano. Mi Rey.


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